viernes, 22 de febrero de 2013

AMOR EN UNA NOCHE DE VERANO




A pesar de los años pasados
no puedo evitar el recuerdo
de una  cálida noche de verano.
en la que nuestro amor confesamos.

Sobre la arena sentados, unidas
nuestros manos, rebuscábamos
entre ella un especial y único grano
en el que dejar nuestro amor guardado.

Compartíamos el común miedo
de que los vientos nocturnos
arrastrara con ellos nuestro
joven y tierno amor allí encontrado.

No fue mucho el tiempo que fuimos
dueños de él, se nos fue, aún no sé
cómo, si arrastrado por la mar, o,
escapándosenos de las manos.

Sólo sé que cada vez que paso
por aquel rincón de la playa olvidado
me pregunto qué es lo que hizo
que perdiéramos el tesoro allí encontrado

jueves, 21 de febrero de 2013

DAGNNIA




Procedo de la Tribu Celta de Breogán, que dicen tuvo su primer asentamiento en el Reino de Galiza, desde el cual posteriormente partieron hacia Irlanda.

Poco se conoce de esa época, aunque si es sabido que de madres a hijos eran transferidas oralmente hermosas leyendas y malos conjuros. Algunos creen en ellos, otros no.

De los que hasta mí han llegado por el mismo camino, voy a contaros la que creo más hermosa leyenda, en ella e se refleja, el poderoso lazo que unía a los componentes de la Tribu y a su generosidad a favor del bien común.
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“Al igual que las otras mujeres celtas, las de mi Tribu tenían completa libertad de acción y elección. Eran buenas y fuertes guerreras. Podían decidir si querían o no casar y con quien. Nada ni nadie las podía obligar a unión alguna no deseada.

“Cuentan que eran buenas madres, de aguda mente, intuitivas en grado sumo, certeras con las flechas y magníficas para cosechar cuanto se les antojara plantar en la fructífera y roja tierra

“En los profundos valles de los ríos Sil y Lor, los de “O Lar de Breogán”, plantaron viñedos, que daban fruto dulce y mejor zumo,  gracias a la cercanía del entonces rico caudal de ambos ríos.

“Sólo una cosa era más temida que la plaga del gusano. El Hielo. Las heladas tempraneras de mediado el  séptimo mes (ahora denominado septiembre), podían causar estragos irreparables y arruinar toda la cosecha.

“La llamaban - la helada negra-  porque no dejaba señal alguna de su paso. El contraste del calor diurno con el aire nuevo de la madrugada elevaba de los ríos una niebla cargada de pequeños cristales que se posaban suavemente sobre los granos de la vid, congelándolos y provocando su muerte.

“Las mujeres, sabias en todo cuanto a ver tuviera con nuevas formas de vida, eran las primeras en notar si la niebla madrugadora portaba o no hielo. Dicen que lo notaban por su olor.

“Cuando tal caso se daba, poco o nada se podía hacer, salvo llamar a reunión a los miembros de la Tribu y empezar a vendimiar intentando ganarle el tiempo a la helada.

“Dicen también, que existió una mujer extrañamente menuda para la complexión normal celta, de oscuros cabellos, aladas manos y negros ojos.  Tal era su gracia, inteligencia y belleza que sin hablar a todos conquistaba y que cuando decidía por fin dejarse oir, su serena y profunda vez convencía de todo cuanto decía a cualquiera que tuviera la suerte de escucharla. Vivía sola nunca quiso casar con nadie, aunque participaba activamente en todo cuanta actividad se llevaba a cabo.

“Un año y a lo largo de todo el quinto y sexto mes, la vieron  armar entre las vides una especie de plataformas, separadas a igual distancia, y a las que una vez montadas embadurnaba con brea.  Todos, con gran curiosidad, la dejaron hacer, sabían que algún fin tendría tanto misterio.

“Empezaba a trabajar muy de mañana. Cuando el sol calentaba con mayor fuerza ella se retiraba a su cabaña pasando el resto del día hilando y tejiendo una fina tela blanca.

“Cuando creyó tener suficiente tela para su fin. Bajo a las orillas de los ríos y recogió un buen número de las finas y fuertes varillas de mimbre que allí crecían.

“Siguió trabajando en su cabaña. Dobló la mimbre hasta formar lo que se podría entender hoy como una inmensa raqueta, pero sin mango, envolviéndola con la fina tela blanca que ella misma había tejido. Justo en el punto de unión, practicó un orificio en la tela por el que podía pasar la mano del más grande de los hombres de la Tribu, formando una especie de guante gracias al cual y con el invento calado hasta el codo podía dársele movimiento.

“Trabajaba afanosamente sin perder de vista ni el sol ni, más importantes aún,  los cambios de la luna.

“Un día, vieron como las almacenaba bien dispuestas en la cabaña donde se guardaba el grano y la carne de caza. Tal parecía haberlas colocado para se utilizadas en cualquier momento. Respetuosa la gente de la Tribu nada preguntó.  Esperaban.

“Cuando la luna estaba en cuarto menguante del séptimo mes, una noche, se oyeron los gritos de la llamada. Caía la helada sobre las viñas.

“Vestida sólo con una ligera túnica blanca, salió corriendo de su cabaña Dagnnia, ése era el nombre de la bella y pequeña mujer atrajo a todos los
habitantes de la Tribu, con fuertes y potentes silbidos hacia el almacén.

“Todos acudieron. Asombrados vieron como repartía entre ellos dos de aquéllas cosas, reservándose un par para ella.

“Apresuradamente los mandó coger la tea que siempre permanecía encendida en la puerta de cada choza, a fin de evitar visitas no deseadas de alimañas y malos espíritus.

“Todos la obedecieron, tal era su credibilidad que nadie dudó en seguirla. corriendo  hacía las viñas.

“Lo primero que hizo Dagnnia fue prender fuego en la primera plataforma ordenando a los demás que siguieran su ejemplo hasta encenderlas todas.

“Una vez encendidas les ordenó que se dispersaran entre las vides, formando hileras. Colocó el extraño artefacto, uno en cada brazo mostrando a los demás como debían hacerlo mientras explicaba:

-         Miradme bien y haced lo mismo que yo. Alzad los brazos y agitarlos suavemente, intentando que el calor de las antorchas no se eleve y  se pose en las uvas.         

“Todos miraban  pasmados la facilidad con que ella agitaba aquellas… “alas”, e imitándola  empezaron a dar manotazos sin ton ni son,  como si fueran aspas de molino.

Ella, girándose,  al verlos, rio suavemente y les dijo:

-        Así no, ¿Os habeis fijado en el vuelo de las mariposas? pues intentad  hacerlo igual, suavemente y a un ritmo constante. ¡Cómo si fuerais mariposas!

 “Poco a poco, todos al fin atinaron  a imitar sus movimientos,  dando lugar sin saberlo a uno de los espectáculos más bellos hasta entonces visto.

“Las antorchas con su fuego y ellos agitando las blancas alas entre las vides, producían un efecto tan bello como si miles de mariposas a la vez volaran sobre ellas.

 “A partir de aquél año, y salvo algún que otro contratiempo, ninguna cosecha se perdió por culpa del hielo.

“Cuentan que Dagnnia no murió, simplemente un día dejaron de verla. Como si en la madre tierra se hubiera diluido.

Hoy en día, los más ancianos del país, avisan cuando ven cerca del anochecer mariposas blancas volando sobre las viñas. Aseguran que es señal inequívoca de que el tiempo de la vendimia ha llegado porque anda cerca la negra helada.

Así es como les avisa Dagnnia.


Daría.
Septiembre 2011 – Juncosa.

viernes, 16 de noviembre de 2012

LA CARACOLA


LA CARACOLA

La tengo entre mis manos, la acaricio suavemente, a fuerza de hacerlo y del mucho tiempo que llevamos juntas, toda ella parece de nácar, y, es tan sólo, una caracola normal y corriente, de las muchas que se pueden encontrar en cualquier playa, cualquier día.
Pero ésta es aquélla, la que encontraste tú y dejaste a mi cuidado, diciéndome que si la conservaba, siempre me sentiría cerca de la mar, tan sólo acercándola a mi oído.
Siempre ha sido la primera pieza que ha entrado en mi maleta para marchar y la primera que ha salido cuando llegaba a mi destino.
Con ella al lado me he sentido fuerte, creyendo firmemente en tus palabras de que al llevarla jamás me sentiría lejos de la mar.
Bonito sueño que disfrazaba la realidad de aquella caracola. `
Para mí, ella eras tú, y además de permitirme oír el rumor de las olas, cada vez que lo deseaba, me hacía sentir que tus brazos aún me rodeaban, que el calor de tu cuerpo aliviaba el frío de mis largas soledades, que el tacto algo rasposo de su parte exterior, era el de tu mal recortada barba junto a mi mejilla, y si ponía mucha atención te oía susurrar un tenue “te amo”, confundido entre las olas.
Hoy, cuando la he sacado de la maleta, he visto que tenía un agujero. Me he asustado y la he llevado enseguida a mi oído.
Ya no se oye, a través de ella,  el rumor de la mar, sólo el ruido de la soledad, de la oquedad, del vacío.
Me he esforzado en buscar el sonido tenue de tu voz, pero tampoco, la caracola se ha roto y el encanto con ella.
Ya vuelvo a estar sola, si la miro, te recuerdo igual, pero ya no te siento, sé que te amo y te seguiré amando siempre, pero que tú ya no me susurras nada, que ni tan siquiera me buscas.
Las lágrimas me queman en las mejillas, y mojan a mi compañera durante tantos años de vida, las seco como puedo y mirando fijo al preciado objeto, asombrada me pregunto ¿Cómo es posible que toda mi vida quepa en una pequeña, vieja, y ya rota caracola?

lunes, 22 de octubre de 2012

RESPETO


RESPETO

Respeto tú silencio, por más que duela
tus silencio opaco, y ni poder escucharte.

Respeto tu mirada ausente, aunque
me turbe y no me permitas enfrentarla.

Respeto tus callados labios, pese a
que me abrase el deseo de besarlos.

Respeto tus bellas manos, aunque
deba contener las mías y no tocarlas

Respeto todo tu ser, te respeto a ti
por el amor que hacia ti siento.

Y si no sintiese ese respeto, esto,
que por ti siento, no sería amor.

jueves, 18 de octubre de 2012

MI SUEÑO



Aunque sé de sobra que ya nunca se cumplirá mi sueño, no dejo por eso de arroparlo cada noche, como si de un niño se tratara.
Estoy convencida de que el día que deje de acariciarlo habré muerto, porque ya no sentiré nada, y la vida sin un sentimiento se convierte en eso, en nada.
Mis ojos seguirán mirando incansables las rojas puestas de sol en el otoño, buscando siempre entre las caídas hojas aquellas tan especiales que tienen forma de corazón, porque quiero seguir creyendo que eso me traerá suerte.
Mis oídos siempre estarán atentos al murmullo de la mar, para saber de que humor viene, porque seguiré creyendo que ella es la que también hace que el mío cambie.
Mis manos seguirán acariciando el suave pelo de mi perrita, a la que quiero tanto, asombrándome cada día de la fidelidad que me tiene y el amor que me da.
Mi boca seguirá siempre esperando a que la tuya vuelva de nuevo a cubrirla, llenándola de dulzuras compartidas, y nunca olvidadas.
Mi olfato distinguirá siempre si el aire trae aromas de tormenta o si por el contrario anuncia la calma de los cálidos y dorados días de la fértil estación del otoño.
Porque sé, que mientras siga sintiendo eso, permanecerá vivo mi sueño, y mientras tenga un sueño, yo, continuaré viviendo.

miércoles, 17 de octubre de 2012

AMOR O DESAMOR SIEMPRE DESEADO



Por la entreabierta ventana
se filtran las primeras luces del día.
En tu boca baila la sonrisa, con la
que, al fin, anoche te venció el sueño.
Con suave y leve movimiento
abres tus hermosos, bellos ojos.
En silencio sin, apenas mirarme.
te levantas, te vistes y marchas.
El aroma de tu piel permanece
entre en las ropas de la cama.
Dejo, con agrado, que mis sentidos
se impregnen de tu fragancia.
La acariciadora brisa del amanecer
asemeja el leve roce de tus manos.
Perdiéndose en suaves caricias
sobre la anhelante piel de mi cuerpo.
Sé que no puedo huir, me has poseído,
no puedo dejar de pensar en ti.
Quizá mañana, quizá algun día,
encuentre las palabras justas.
Las que te hagan saber de una vez
por todas  lo que por ti estoy sintiendo.
Estar contigo me desconcierta, pero
estar sin ti me perturba, me da miedo.
Me derrumba, me pierdo, no  me encuentro
ni sé quien soy, sino estamos juntos.
Amor y desamor, maliciosa,
demoledora mezcla que me destroza.
Dualidad indeseable que nos separa
y nos aleja cada vez más.
Permanezco en silencia esperando
con anhelo, que llegue de nuevo la noche.
Desgranando los minutos de uno en uno
contando bajito las solitarias horas.
Esperando tu retorno, tú, que aún,  
sin haberte ido, formas parte ya del olvido.
Ambos seremos cómplices, siempre,
unidos, por un, casi,  amor compartido.

Daría.

martes, 16 de octubre de 2012

PROMESAS DE LA MAR




Hacía frío, me arrebujé en la enorme manta de lana que me había echado sobre los hombros para salir a la terraza. Me resistía a
entrar en casa.
El mayor acierto de mi vida había sido la compra de aquella casa. Todos me llamaron loca, dijeron que me exponía a ladrones, malhechores y yo que sé cuantos males más por propia voluntad, pero no consiguieron convencerme.
En el momento en que conseguí reunir el dinero suficiente, me dediqué en cuerpo y alma a buscar una casa como la que tenía.
Una casa de una sola planta, que desde sus ventanas se viera la mar y si podía ser que de ella a la arena de la playa no hubiera que dar más de dos pasos.
Tres años me costó encontrarla y al fin, cuando ya casi estaba a punto de lanzar la toalla, apareció.
No sólo se veía la mar, sino que desde la terraza y tan sólo bajando dos escalones, mis pies ya se hundían en la arena de la playa.
Estaba sola, no tenía vecinos, sólo la mar como única compañía. A veces como una dulce melodía, otras embravecida y enfadada, dando fuertes golpes contra el espigón que quedaba a unos 100 m. escasos.
Nadie entendió porque quería ir a vivir allí. Alejada del pueblo. Sola. Nadie entendía que era eso lo que buscaba. Soledad.
Me pasaba horas enteras sentada en aquel viejo sillón que ya encontré en la casa y al que la única reforma que  hice, fue aumentar su espuma, taparlo con una vieja colcha y ponerle unos cuantos cojines, con el termo de café al lado, encima de una desvencijada mesa, coja, mi taza de café preferida, mis cigarrillos y un cenicero.
Dejaba que mis ojos se cansaran hasta llegar a picarme en el intento de ver más allá del infinito. Había días de mar calma en que se fundía la línea divisoria entre mar y horizonte, formando un todo que no podía separar mis cansados ojos.
En un año, era el tiempo que llevaba allí viviendo, mi piel, morena de natural, había adquirido un permanente tono tostado.
Los días fríos del invierno, también salía, aprovechando las horas de sol a sentarme allí.
También lo hacía cuando la lluvia era fina y seguida y no las tremendas tormentas que por allí solían menudear en los más crudos días de invierno.
Cuando la tormenta era fuerte, entraba el sofá en casa y me sentaba en él poniéndolo frente a cualquiera de los lados de la casa, rodeada toda ella, por una enorme galería.
Un día tenía que entretenerme a contar cuantos vidrios rectangulares, separados por finos listones de madera había en
total.
Era este un pensamiento recurrente que siempre acudía a
mí en los días de temporal.
Miraba y miraba a la mar y esperaba, siempre esperaba. Sólo lo dije una vez. Cuando me preguntaron que para que quería ir a vivir allí si escribir podía hacerlo desde cualquier lugar. Mi respuesta fue que iba allí a esperar.
Nadie me pregunto el qué, afortunadamente. Digo, afortunadamente porque no me gusta decir palabras altisonantes o desairar a nadie. Pero a nadie le importaba el que o a quien esperaba y mi respuesta, seguro, hubiera sido ácida y tajante.
Cierto que había días en los que hasta yo me preguntaba por que seguía aferrada a aquella ilusión, porque seguía esperando, era absurdo pensar que me encontraría allí alguien que ni tan siquiera sabía donde estaba para poder decirle mi paradero.
Bebí un sorbo del ardiente café, y encendí otro cigarrillo, me gustaba tanto el café y fumar… Me costó un poco y tuve que agachar la cabeza y con una mano proteger la llama del encendedor, el aire lo apagaba y no podía prender bien el cigarro.
Apartándome el pelo de la cara, miré hacia el espigón pensando que ya iba siendo hora de meterme en casa.
El sol estaba ya a punto de hundirse en el agua y una luz rojiza daba un brillo especial a la arena.
Me pareció ver que desde el Paseo, más allá del espigón una figura alta y alargada saltaba a la arena. No le di mayor importancia. Muchos eran los que gustaban pasear a aquella hora por la desierta arena.
Volví mis ojos hacia la mar. Pero, algo que no sabría explicar me hacía mirar una y otra vez a la figura que ya había sorteado el espigón y seguía caminando en línea recta hacia donde yo estaba.
Era un hombre, llevaba los zapatos en una mano, los pantalones remangados, supongo que para salvarlos del agua, y una antigua bolsa de piel de viaje en la otra mano.
El aire agitaba la chaqueta de su traje y en cambio no se llevaba el sombrero “Panamá” que se mantenía en su sitio impertérrito.
Un fuerte golpe de viento, al fin, lo arrancó de su cabeza y lo trajo hasta mis pies.
Me agaché para recogerlo. Lo sostuve entre mis manos, siempre me han gustado los sombreros, tanto para caballeros como para señoras, especialmente el “Panamá” para ellos y el auténtico “Cordobés” negro y de buen fieltro para ellas. No pude evitar acariciarlo y me giré para esperar al estrafalario personaje que
lo había perdido.
Al moverlo un conocido aroma me aturdió. Sorprendida clavé mi mirada en el sombrero como si éste pudiera decirme algo que yo ni me atrevía a preguntar.
No hizo falta, una voz añorada, amada y largamente esperada, susurró muy cerca de mí:
- Sabía que me esperabas, pero siempre has dominado a la perfección el arte de escoger los sitios más complicados y de difícil acceso para hacerlo.
Las lágrimas cegaban totalmente mis ojos, le miré pero no le ví.
Tan sólo sentí sus brazos encercando mi tembloroso cuerpo.
Mi espera había terminada. La mar, una vez más, había cumplido su pacto, devolviéndome al que durante tanto tiempo y en silencio seguía amando.